lunes, 13 de agosto de 2012

Un sueño que nunca recordé.



Estaba inquieta, miraba por la ventana del taxi.
Sin ganas de hablar, pero con excusa, en cuanto mencioné
el motivo de mi viaje al conductor, se hizo el silencio.
La llamada me pilló por sorpresa, y salí en cuanto la recibí,
por eso ahora mismo notaba mis pies llenos de fina arena de playa.
Afortunadamente, no llevaba un atuendo incorrecto para la ocasión,
mi camisa negra ajustada por dentro de los shorts, altos, a juego con
los calcetines negros por la rodilla; el izquierdo rematado en rayas blancas, el derecho, surcado por trenzas.
En este momento prefería centrarme en ese tipo de detalles
que en lo principal, que en el objeto de mi marcha, porque, me sentiría mal.
Me sentiría mala persona, por no padecer; mi padre había muerto y yo 
reaccioné con una parsimonia poco natural ante estos casos,
simplemente asentí, lo asumí y me volví muda.
No tenía nada que decir, comentar o llorar.
Al fin y al cabo, esta respuesta había sido provocada por él.
No estuvo en el momento en que necesité cariño, apoyo, broncas incluso.
En el que necesité una figura paternal, que, aun callada, me diese una idea de guía.
Es muy fácil llamar a la gente en tus malos momentos, pero, ¿y en los suyos?
Decidí pedir al taxista que me despertase al llegar, y, cuando este hubo
asegurado que atendería mi petición, me sumí en un sueño que nunca recordé.


Eva García Rincón, Disastrous mind.

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