martes, 22 de agosto de 2017

Ayer volví a tomar el boli, que como de costumbre no pintaba bien, sin miedo ninguno. Llevaba meses sin hacerlo así, sin que la determinación superase con creces al temor de haberme marchitado.
Rebusqué entre los cuadernos aquél que alberga las experiencias que me gustaría publicar en forma de libro, rebusqué entre mis emociones aquellas que llevaban tiempo escondidas, escondidas pero siempre ahí, y me sumergí.
Esbocé unas frases y caí, como si de pronto fuese una bomba nuclear detonada a ras de suelo, al transportarme al momento de todas las fotografías que acababa de ver.
Al ir al sufrimiento de todxs aquellxs que lo vivieron todo, que lo hicieron incluso cuando yo estaba sedada y dormida, alucinando, con los pulmones atestados de infecciones y sin ser capaz de respirar sin tubos.
Que no se fueron ni cuando las apariencias no importaban.
Al ir al momento en el que me desperté y mi hermano me dijo '¿sabes qué día es, sabes cuánto tiempo ha pasado?' con una suavidad que no era capaz de eclipsar el cansancio, el peso del dolor y la incertidumbre de aquellas semanas que aunque para mí no transcurrían, sí para él.
Al ir al egoísmo que vislumbré cuando al fin fui capaz de articular palabras.
No sé.
Me derrumbé y descubrí algo cuya ausencia venía angustiándome desde hace varias semanas.
Y vengo a compartirlo porque estoy muy muy contenta; el vacío sigue aquí.
Ya no me llena del todo, puesto que hay millones de cosas que lo hacen junto a él, pero ¡sigue aquí! ¡SIGO AQUÍ!

'Mi padre fue una de esas personas con las que habría querido grabar todas las conversaciones que tuvimos para que nunca se perdiesen, para que su mente no cayese en el olvido debido a la ineptitud. Pero jamás lo hice. Porque pensaba que el deber interno de transmitir su sabiduría y sus millones de dudas sería una de las razones que me impulsarían hacia la vida, la vida real, más allá de la supervivencia. Ya no tendré posibilidad de hacerlo, y, a través de este pequeño escrito os contaré por qué. Espero que podáis poneros en mi piel sin tener ganas de arrancárosla. 'Bienvenidos al festín demoníaco que se os presenta en estas páginas.''
Esta es la introducción de mi libro,de 2016. Y ahora voy a añadir unas cosas más.
Mi padre es de colores. De muchos colores.
De tantos que ni el ojo humano ni el mental pueden llegar a percibirlos todos, a separarlos, a comprenderlos, a distinguir cada uno de sus matices.
En este sentido, me siento una privilegiada. Porque al crecer con y sin él, mi mente ha podido sentirle y nutrirse. Experimentar cómo se te encoge el cuerpo cuando te habla del fuego, de las palabras de los árboles, de la postura de las aves, y de cómo sale corriendo de él mismo y se da de bruces consigo. Ha podido sentir el calor de sus ojos, la sinceridad, la inocencia, el fluir de la madera que lleva en ellos. Sus grietas, su escondite, y su grito silencioso a los vacíos y las plenitudes. Sus incesantes intentos y los infinitos caminos. Cómo no cansarse nunca de devorar libros aunque la nevera esté desierta.
Cómo sufrir y lejos de salir airoso, tras la infranqueable resistencia, aprender.
He podido experimentar el agachar la cabeza o alzarla y dejar que el orgullo nos domine a los dos en nuestros enfados, para luego volver y escuchar, explicar.
'No seré yo quien trate de ejercer una autoridad sobre ti cuando yo rechazo cualquiera que traten de imponerme.'
No sé, mi padre es muy él. Y no podría ser más feliz de que crezcamos y caminemos, juntos pero lejos, separados pero cerca.
Con el eterno percibir del testigo que sabe cuándo formar parte.
Me he ido por las ramas, pero quizá esta sea mi manera de trepar a lo alto para tomar algo de oxígeno.
Le siento.