martes, 22 de agosto de 2017

Ayer volví a tomar el boli, que como de costumbre no pintaba bien, sin miedo ninguno. Llevaba meses sin hacerlo así, sin que la determinación superase con creces al temor de haberme marchitado.
Rebusqué entre los cuadernos aquél que alberga las experiencias que me gustaría publicar en forma de libro, rebusqué entre mis emociones aquellas que llevaban tiempo escondidas, escondidas pero siempre ahí, y me sumergí.
Esbocé unas frases y caí, como si de pronto fuese una bomba nuclear detonada a ras de suelo, al transportarme al momento de todas las fotografías que acababa de ver.
Al ir al sufrimiento de todxs aquellxs que lo vivieron todo, que lo hicieron incluso cuando yo estaba sedada y dormida, alucinando, con los pulmones atestados de infecciones y sin ser capaz de respirar sin tubos.
Que no se fueron ni cuando las apariencias no importaban.
Al ir al momento en el que me desperté y mi hermano me dijo '¿sabes qué día es, sabes cuánto tiempo ha pasado?' con una suavidad que no era capaz de eclipsar el cansancio, el peso del dolor y la incertidumbre de aquellas semanas que aunque para mí no transcurrían, sí para él.
Al ir al egoísmo que vislumbré cuando al fin fui capaz de articular palabras.
No sé.
Me derrumbé y descubrí algo cuya ausencia venía angustiándome desde hace varias semanas.
Y vengo a compartirlo porque estoy muy muy contenta; el vacío sigue aquí.
Ya no me llena del todo, puesto que hay millones de cosas que lo hacen junto a él, pero ¡sigue aquí! ¡SIGO AQUÍ!

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