lunes, 13 de agosto de 2018

03032018

Hoy hace un año que morí. Que mientras mi cuerpo se caía por el barranco y se agarraba al borde por el meñique, mi alma se tiraba de cabeza. Se estampaba y desfiguraba lo justo como para reencajarse, reinventarse. Como para verse de nuevo, lejos de síncopes, cristales, mareas, aguijones o neblinas.
Recuerdo poco de esos días, y casi todo son sensaciones.
La soga, el filo, el incesante traqueteo, el filo de nuevo, el silencio, el frío, la vergüenza. Dentro de las explosiones diarias tenía un pequeño rincón de seguridad dentro de mí, la calma que me proporcionaba saber que contaba con un comodín, el botín, cientos de pastillas acumuladas a lo largo de meses de duro trabajo. No tenía un objetivo planificado, simplemente me gustaba poder mirar al neceser azul con total complicidad. Traté de deshacerme del peligro miles de veces, pero fui incapaz por la sensación de impotencia y vulnerabilidad que esto me producía, por concebirlo como una rendición ante el mundo. Era mi lucha personal de orgullo contra la vida y el cambio hacia la salud mental. Mi lucha personal contra 'no perderme'.
Era mi pequeño lugar de control.
Siempre he ansiado control.
Control, control, control.
Control sobre absolutamente todo. Porque jamás lo tuve.
Y de pronto éste, la ilusión de tenerlo, se fue al traste. Me indigné. Me frustré. Me quemé. Rabié, lloré, grité. Ni siquiera había forma humana de expresar lo que tenía dentro. Tras TODO el esfuerzo, el "avance" (claro que hubo avance y cambio, pero no hacia donde necesitaba, y lo sabía, sabía que era un enorme espejismo) lo había perdido de nuevo. Joder. Esto no. Otra vez no. NO.
Y abismo.

Es curioso porque mi número preferido siempre ha sido el tres, pero los días más duros de mi vida tienden a caer en esa fecha ¿es la vida, es la nada, es mi mente?, ¿control? ¿vendavales?
Simples datos.
(...)
18 días para mi despertar.

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