La luz reveladora me impidió ocultar mi posición. Todo eran pequeños ruidos a mi alrededor. Silencio ensordecedor, murmullos, movimientos. Cualquier mínimo detalle podía producirte la muerte en aquel escenario. Un instante marcando la diferencia, manchando de sangre tus manos o tu corazón. Es la ley de la selva, o matas, o te matan.
Ellos, ellos eran distintos. Tenían una esencia vital... Su razón de vida era la muerte, aunque en este caso, ajena. La suya era una forma tan simple, directa, limpia de matar. Tan automática y metódica. Transmitía una frialdad extrema.
No me es posible describirlo con facilidad, ya que no puedes comprenderlo si no lo has visto antes.
En el momento en el que esto ocurre, cambia tu concepción del mundo, del hombre como ser bueno o malo por naturaleza.
Un grito especial para mí me despertó de aquel letargo. Ese era el lamento de la única persona por la que habría desobedecido la principal orden del general, la que el primer día se nos grabó en la mente a todos y cada uno de nosotros. 'No debéis coger especial cariño a nadie, puesto, que este pelotón ha venido a extender la muerte, no la justicia, y, para hacerlo, muchos de vosotros la sufriréis también', su voz aún resonaba en mi mente.
La que, se centró en Jack, sin dar tiempo a 'peros' o a suposiciones, llegando a descuidar mi bienestar por falta de sigilo y cuidado, me encontré con mi temor.
Su sangre se derramaba y extendía.
Un millar de sensaciones revoloteaban en mí, bloqueándome. Me coloqué a su lado, y le miré a los ojos, viendo algo digno de ser retratado por el mismísimo Velázquez; seguridad. Cuando nuestro pelotón embarcó, conocía con certeza su destino, nadie regresaría, por tanto, actuábamos con total libertad. Éramos mercenarios.
Le incorporé mínimamente, abrazando un peso casi muerto, mientras me susurraba algo que me hizo reflexionar.
Aún con lágrimas en los ojos, cerré los suyos y partí.
Sabía que mi vida daría a su fin en dos o tres minutos, a lo sumo, lo que me provocó ganas de gritar, de reír.
Agarré mi arma y me lancé a saborear la muerte, inspirado por las palabras de los últimos segundos de vida de alguien extraordinario, metido en el cuerpo de un joven de diecisiete años: 'Hasta la victoria siempre'.
Me quité la camisa, dejando al descubierto el certero tatuaje de mi pecho, aquel que decía 'Siempre seré fiel a esos cabrones, a esos cabrones que por mí todo lo dieron', y escupí al suelo, dirigiendo entonces mi mirada al horizonte.
Eva García Rincón.
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