miércoles, 19 de noviembre de 2014

Otra noche en la que resucitas, en compañía de las frías y certeras agujas del reloj, que se hunden, una y otra vez, sobre tu supuesta integridad.
La habitual melodía del cristal de las botellas fracturándose, risas, mecheros, delirios, tímidas gotas de sangre a las que nadie da importancia, la fragancia del vicio y del vacío emocional sumergen a tu mente en la verdad, en la falta de límites de la que habitualmente huimos. Pero, nunca más. Huir jamás.

Otro amanecer en el que mueres.
Golpe tras golpe, día tras día, has perdido todo el sentido que creías tener.
Tus manos llevan a cabo el baile de cada mañana; tu lengua disfruta de la textura que tan bien conoce ya; tus dedos buscan el lugar, encajan la piedra, tus pulmones saborean tu silencio, tu soledad, y tus distorsiones.
Tus ojeras están abriéndose paso a una velocidad alarmante, tus ojos han dejado de esconder su tristeza, su belleza, su cansancio, y, tu sonrisa, en su cada vez mayor deterioro, sigue transmitiendo la misma fuerza, aún a merced de unas garras de las que no te planteas escapar.

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