Me besaste, con tanta pasión que me encendí.
Volviste a besarme, y, una vez más.
Me capturaste entre tus brazos, me tomaste
fuertemente de la cintura, dejaste de tratarme como
a una muñequita... Aquello me gustaba.
Quería... quería que me hicieras tuya. Era una expresión anticuada y peliculera, pensé, pero, describía a la perfección lo que necesitaba en ese instante.
Tenías una mirada peligrosa, y, hasta que no dejé de contemplarla no me dí cuenta de cuánto la adoraba.
Te paré, te puse un dedo sobre los labios, así tu mano y emprendí camino hasta el rincón más alejado y solitario de aquel parque infantil.
Nada más llegar, me soltaste, centrando tu atención en quitarme la camiseta. Entretanto, yo hacía lo propio.
Noté una mirada fija en mi espalda, pero, la ignoré, en ese momento sólo seguíamos instintos, sólo éramos animales, metiéndonos en la más primitiva de nuestras condiciones.
Seguiste recorriendo mi cuerpo mientras yo me deshacía de mis shorts.
Sentía la hierba hundida bajo mi torso, te sentía en mis huesos.
Cubrías mi cuerpo con besos, y susurrabas mi nombre de forma desgarradora en mi oído; ambos lo deseábamos.
Tus manos se aferraban a mi cadera, pero no ibas a ser el dominante todo el tiempo, así que, dando un pequeño giro a la situación, me posicioné encima de ti, y con una sonrisa pintada en la cara, con una mirada de suficiencia, te desabroché el pantalón mientras observaba satisfecha cómo echabas la cabeza hacia atrás y resoplabas de placer.
Tus dedos se recreaban en mi pelirroja melena, enredándose en ella,

