No puedo respirar.
No soy capaz.
Ni tengo tiempo para ello.
Un grito asoma a las puertas de mi garganta, y lágrimas de rabia a las de mi abismo.
Pero inconscientemente no me lo permito, el agua se evapora, y sólo queda el fuego que va reduciéndome a cenizas.
Mi sombra, a punto de ahogarse, araña desesperada mis entrañas, y mi vacío, certero, me ensarta sin darme un sólo segundo de descanso.
El ruido va creciendo en mi cerebro, llantos, lamentos, y mucho dolor, en forma de voces que un día fueron desconocidas. Ahora ya no, ahora son mi día, mi noche, mi vida y mi muerte.
Ahora son el café ajetrado de por la mañana, son los siete autobuses que cojo al día, son ese señor que te mira con deseo y trata de tocarte en el metro al que escupes en la cara, son las prisas, las miradas de decepción constante a las que te has acostumbrado, son las mentiras, las apariencias, la hipocresía, la supremacía, son la bola del piercing que no deja de caerse, son los libros ardiendo, la esclavitud en plena época de 'evolución', la explotación, son los psiquiatras que se creen con derecho a decidir quién es un enfermo y quién no, a quién empastillarán hasta la inconsciencia (y falta forzosa de conciencia) y a quién darán un respiro, son toda esa madera a la que hemos de hacer arder.
No sé qué son, pero son.
Y eso me parece motivo suficiente como para luchar para que no sean.
DISASTROUS DEATH, DISASTROUS LIFE. Os acompaño en el festín demoníaco que se os presenta en estas páginas;
miércoles, 10 de junio de 2015
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