Cómo hablar de esto. Hoy he visto mis objetivos, tanto los que escribí el día que ingresé hace siete meses como los que consideró el equipo (que eran básicamente los mismos) y me he dado cuenta de que vine con ellos muy claros, y de que, a día de hoy, he podido abrirlos todos, trabajarlos, avanzar en ellos y sostener este avance, en mayor o menor medida. Es cierto que tengo que seguir con ellos, y más tenazmente con la parte más práctica y, desde luego, con la rabia, la retención de ésta, la transformación en angustia que pasa a ahogarme, etc etc, pero estoy orgullosa. He hecho todo lo que he podido aún cuando sentía que era imposible, aún cuando me creía incapaz, aún cuando sólo deseaba morir. Me he enriquecido con lo aquí vivido, incluso con las rabietas, los llantos, el odio, la desesperación, la frustración, la desidia, la desgana, la curiosidad insaciable. Con todo. Y he podido compartir esto con vosotros, he podido aportaros algo con mis emociones. Y, más importante aún, me lo he aportado a mí. He aprendido a tolerar los errores. ¿El mejor consejo que puedo dar a mis compañeras, siendo la veterana de la planta (y la más joven)? Antes he de deciros que no me habéis conocido cuando entré, que no me reconoceríais. Aunque yo sí lo hago, por mucho que a veces me cueste. Bueno, a lo que iba. Sentid. Sed personas, sed humanos en la medida en la que vayáis pudiendo permitíroslo. Parece que esto es eterno, que las cosas nunca llegan. Pero no es así. Se van en un parpadeo. Pero cuando se van no nos quedamos vacías. Al irse nos dejan con nuestra experiencia, con lo que hemos sentido. No deseo idealizar este tratamiento, esta etapa, al equipo... Deseo poder respetar la realidad. Llegará el día en el que no idealice porque ya no lo necesite. Gracias.
Recuerdo como si fuese ayer el día en el que, estando en el tren, Jorge me llamó para comunicarme la fecha de mi primera entrevista. Recuerdo que creí, por su voz, que llevaba gafas y camisa de cuadros, nada más lejos de la realidad. Recuerdo cuando subí a planta por primera vez y Bárbara tardó siglo y medio en abrirme la puerta, porque no recordaba mi nombre y se pasó un rato preguntándoselo a otra compi. Recuerdo lo poco válida que me sentí cuando salí. Pero lo pasé por alto, o al menos así lo creí, porque quería esto de verdad. Recuerdo el pánico que sentía ante la idea de ingresar, y toda la fuerza con la que inútilmente negar esos sentimientos, y el estar pensando en el alta incluso desde antes de entrar. Ya no tengo tanto miedo a ser olvidada, aunque desde luego esto siga en mí. Sé que he hecho sentir unas cosas u otras. Y sé que al igual que hay cosas que han pasado a formar parte de mí aquí y lo harán fuera, también pasará al revés, porque somos humanos. Repito, ésta ha sido la decisión más dura y dolorosa que he tomado nunca, pero también la mejor. Y lo ha sido porque de verdad he deseado que lo sea, porque he trabajado para ello, porque lo he hecho posible. Cuidaos, todos y cada uno de vosotros, en la medida que vayáis pudiendo
Daos tiempo, espacio. Mazapánk, choke de pulgar, y, agur. Recordad, el viento del vacío ni nace ni muere; es.
Yo sí nací y sí moriré, pero soy.
Soy humana.
DISASTROUS DEATH, DISASTROUS LIFE. Os acompaño en el festín demoníaco que se os presenta en estas páginas;
jueves, 30 de junio de 2016
Bye bye ébola
lunes, 13 de junio de 2016
No sé cuándo empecé a fumar. No sé cuándo empecé a beber. No sé cuándo empecé con los porros, ni con las drogas de verdad diariamente, cuándo empecé con el sexo sin ningún tipo de protección con completxs desconocidxs, unx tras otrx, sin descanso. No sé cuándo empecé a perforarme compulsivamente, a rajarme, a quemarme. No sé cuándo empecé a robar, cuándo empecé a vomitar, a traficar. No sé cuándo empecé a planear asesinatos, a colarme en casas desconocidas, a dormir y pedir en la calle. No sé cuándo empecé a no comer, cuándo empecé a mentir, cuando empecé a no poder pisar la casa en la que teóricamente vivía. Cuándo empecé a sentir miedo a llegar a ella. No sé cuándo empecé a hacer autostop, cuándo empecé a pedir que me pegaran, que me ataran, que me ahogaran, que me obligaran, que me hicieran sangrar. No sé cuándo me hice consciente de lo que supusieron los abandonos y los abusos en mi infancia. No sé cuándo comencé a despreciar mi cerebro, a sentirme incapaz. No sé cuándo empezó la enorme soledad y el vacío que todo lo llena. No sé cuándo empezó la prepotencia, la agresividad, no sé cuándo se despidió de mí el orgullo. No sé cuándo empecé a creer ser una no-persona, cuándo empecé a creer ser el caos. Inferior, superior y distinta a todo. No sé cuándo empezó la rabia desmedida, cuándo empezó el asco innegable al percibir un espejo. No sé cuándo comencé a ver lo que significó para mi mente el hecho de abortar. No sé cuándo mi vida empezó a ser tan insoportable como para tratar de quitármela de ochenta y tres maneras distintas, sin llegar a lograrlo. No sé cuándo pude creer que era mejor no sentir nada a tener aquello que me recorría a cada minuto. No sé cuándo comenzó a doler tanto.
Y no sé cómo he llegado a aceptar ese dolor sin permitir que me domine. Bueno, sí lo sé. Dejándome la piel por completo, tomando la decisión más dura de mi existencia, mirando por primera vez por mí y sufriendo más que nunca, por difícil que parezca. Lo ha sido. Lo es, lo será. Nunca dejará de serlo, nunca desaparecerá. Exponiéndome y haciendo lo que jamás imaginé para llegar a aquello que no creía posible, pero que tanto ansiaba. Mirándome a los ojos, escuchando nítidamente los alaridos de mi cabeza hasta comprenderlos, y con ayuda. Con la ayuda de las personas REALES que me rodean, aprendiendo a pedirla, a recibirla, y a admitir mi necesidad sin por ello creerme débil.
sábado, 11 de junio de 2016
No sé qué siento, me encuentro rara
Hay un torbellino muy al fondo de mi ser, porque de momento es suave pero sé que está ahí, bajo todos los pensamientos. No sé qué lo ha originado. Estoy confusa. Pero sé que en breve me encontraré mal. Las estructuras comenzarán a derrumbarse sobre mí.
Tengo muchas ganas de llorar.
Tengo muchas ganas de hacer algo, de que el descontrol me domine, de convertirme de nuevo en caos.
Me apetece, pero no quiero.
Me conozco y sé a dónde me lleva esto.
A meterme de todo, perder la cartera, el mvl, las llaves, los calcetines, follarme a quince desconocidos seguidos, uno tras otro, a seis o siete desconocidas, sentirme una mierda, y despertar mañana queriendo morirme, surcada de rastros de sangre y cicatrices, mil externas, millones internas. Y caer de nuevo bajo el inmenso peso de la culpabilidad.
Me ha pasado más veces de las que puedo y deseo recordar. Y por eso, precisamente, voy a evitar exponerme a eso, voy a aniquilar el riesgo, a apagar la luz y a despertar mañana por la mañana en esta casa sintiéndome triste, dolida, derrumbada, pero no culpable, pero no muerta. Sintiendo cómo esto no puede controlarme ni superarme, sintiendo cómo, aunque se me dé mejor actuar contra mí, puedo hacerlo conmigo. Sintiendo que trato de quererme.