Conoces a una persona.
Sus manías, engranajes, pensamientos y detalles.
El brillo de su mirada. Aquello que consigue nublarlo.
Conoces cada ápice de su piel y de su conducta.
Llegas a un nivel tal de confianza que te replanteas tus principios.
Aquello que creías saber de ti se va al traste. Porque ha roto cada esquema en el que basabas tu comportamiento, en el que basabas tu persona.
Y eso es justo lo que te crees que te duele.
Entonces, te vas.
Y ahí te das cuenta de lo que te duele de verdad.
Después, poco a poco, e inconscientemente, vas idealizando a esa persona.
No porque hayas olvidado aquello que te daba ganas de apuñalar su cabeza, sus ojos tan achinados que no le permiten ver cuando se ríe, ni la estructura de los hombros en los que más veces te has apoyado cuando caías. No porque hayas olvidado que las miradas lo decían (y dicen) todo, ni que fue una de las primeras personas ante las que descargaste con toda su bravura tus habituales ataques de ansiedad, ni la forma en la que cuando os unís, creáis un vendaval. Sois una masa de energía que no deja indiferente.
No porque hayas dejado de saber lo que pasa por su mente a cada instante, ni porque haya dejado de saberlo ella.
No porque hayas dejado de quedarte sin respiración cada vez que vais a veros.
Sino porque el no basar tu día a día en esos pequeños gestos va haciendo que tu cerebro te traicione, te destripe, y te pudra por dentro aún más.
Es curioso cómo he conseguido dar forma una porción de esta rabia en la que estoy nadando para transformarla así en estas palabras que sólo me han hecho tener más ganas de verte.
Así que espero que el bus no tarde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario