Desde pequeña, siempre que notaba a septiembre observándome cada vez más de cerca, he tenido la necesidad de cambiar el café matutino por un té.
El olor de éste siempre me ha transportado a los incontables veranos que pasaba en el dojo. A la calma que en medio de la naturaleza me invadía, a la que irradiaban las personas con las que allí convivía.
Al silencio que sólo se veía acompañado del canto de las hojas de los árboles, del rumor de la vida de miles de pequeños seres que decidían compartirla contigo.
Porque septiembre, de forma inevitable, supone agudizar las ojeras, afilar los puñales y quedarse helada con el viento del vacío que estalla en las gotas que bañan mi piel.
Así que, buenos días desde el té y el humo.