Tan fuerte pero tan frágil.
Tan grande y tan escondida tras sus propias falsas manías.
Tras aquello que puedes amar u odiar, pero que nunca deja indiferente.
Refugiada tras la rabia y la tormenta, se mece en su culpa, en su soledad, en su miedo.
Físicamente idénticas, habiendo tomado caminos muy distintos.
Los mismos labios, el mismo huequecito que te invita a quedarte a vivir allí sobre estos, los mismos rasgos, la misma sonrisa desafiante y sincera, la misma nariz recta y respingona...
Y mirada tan dispar; la suya es de hierba escarchada, de mar, de musgos, de bosques y tempestades; la mía de madera. Pero, al mismo tiempo, ambas cuentan con el mismo brillo y la misma tristeza.
Ya ha anochecido, sólo se escucha el viento y los lejanos sonidos de las hormigas colocando sus hogares,
disponiéndose para descansar para iniciar un nuevo día, con sus cabezas enfrascadas en preocupaciones que nunca conoceré, riendo bromas que espero jamás compartir.
Nuestras respiraciones han creado una melodía, y el humo se va diseminando poco a poco en la calma, emprendiendo un viaje que no terminará.
Y somos incapaces de turbar el instante emitiendo algún tipo de palabra, porque, no las necesitamos.
Entendemos a la perfección el momento, el tormento, la necesidad de respirar y el misterio que empapa cada célula de la otra.
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