martes, 22 de marzo de 2016

Aún sigo preguntándome...

Te encoges sobre una silla y te das cuenta de que en realidad no tienes nada que decirle. Dejas que la lluvia brame por ti, atizando las ventanas como si jamás fuese a volver a amanecer. Gritas por dentro, aprietas los puños y te deshaces en lágrimas. Cruzáis las pupilas y, aunque te sientes escuchada, su expectación aviva tu tensión. Y todos los fragmentos en los que te has convertido se desparraman. Ahora eres los cristales, las gotas, el vendaval, los árboles, el río que se precipita hacia las alcantarillas, las capuchas empapadas y las deportivas que tratan de salir lo más indemnes posible. Aún sigo preguntándome por qué continúo aquí si casi conseguí irme. Y, ¿cuando no hay motivos? ¿cuando sólo eres tú y te das asco? ¿cuando tú eres lo que más te impulsa hacia la basura y lo ÚNICO que puede levantarte? Ceniza, tiempo, sentirte fuera de la unidad.
¿Qué somos, qué soy? ¿quién soy? Aguijón, caricia y marea. No me toques, hoy no. Ni me roces. Quizá en un par de horas no pueda separarme de ti, pero ahora no te acerques. Pensar en el contacto me da asco. Escucharte, mirarte a la cara, percibirte... crea en mí rechazo. Espero no llegar al punto en el que interprete alejarnos como haberme librado al fin de ti. Aunque realmente ahora no puedo tocar a nadie. Sólo quiero perforar mi estómago con puñales. E ir sufriendo, poco a poco.

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