miércoles, 1 de octubre de 2014

El cerebro explota cuando se enciende el mechero.

Esos días en los que despiertas y tu propia lucidez te deslumbra, te ciega.
En los que sabes que nada ha cambiado, pero lo sientes así. Tu cerebro luchando contra tus sentidos, contra el reflejo de la realidad que ahora se presenta ante ti. Otra vez.
En los que entiendes, en los que no necesitas respuestas vacías ni tabaco para 'calmar' la ansiedad.
Todo es increíblemente nítido bajo tu mirada, las melodías hacen mella, las texturas te deleitan, los olores te pierden y los sabores te encuentran.
Consigues acariciar la tez del mundo sin miedo a la verdad. Sin que éste te arranque la mano de un bocado. Captas la esencia.
El frío te mantiene caliente, pero los glaciares interiores parecen permanentes.
Y, esto no consigue impedirte fluir, dejar de huir.
Dejas de intentar amueblar tu vacío y lo contemplas.
Lo disfrutas.
Te sientas en un rincón y lo respiras.
Lo versas, lo escuchas, lo comprendes y lo quemas.
Dejas de darle el poder de envenenarte.
Y, entonces, sales de allí, sin preocuparte por cerrar la puerta.

Eva García.

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