Llevas mucho tiempo rozando los límites ajenos y haciéndolos bailar con la falta de los tuyos. Los límites empiezan a estar agotados, pero tu ausencia no para nunca, no se cansa, no se calla, y no se muere. Tu parte se ha tomado la libertad de dejar los límites que tenía al frente a un lado, y de llegar un poco más allá. Y más. Y más. Hasta que los portadores de esos límites, o, por ende, sus esclavos, han decidido sacar el machete y dejarte en trozos tan pequeños que sea imposible reconstruirte.
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