Una gota escarlata se aventura por mi rostro, aproximándose al abismo de mi barbilla. No la detecto hasta ese punto a causa de la capa de suciedad y sangre seca en la que tanto mi cuerpo como mi mente se encuentran bañadas. Relaciono que haya brotado de nuevo con el hecho de que el sol esté haciendo lo propio en este mismo instante, dándose la prisa que mis pies no son capaces de alcanzar debido a las ingentes cantidades de tóxicos, de los que parten los barrotes de tu mente de un golpe, y de alcohol que llevo encima y que hace un par de horas aún me conferían la condición de efervescente. Desecho rápidamente la idea de tirarme en esa atractiva acera que se estableció en mi cerebro durante dos milésimas de segundo, porque me quedan apenas unos minutos para tener la posibilidad de morir gustosamente en la cama y me repugna el ser tan débil como para no poder ni arrastrar el cuerpo que ahora ancla mi energía a estas desgastadas zapatillas, portadoras de mil y una historias vividas y sobrevividas en la oscuridad.
Sientes un pinchazo de la intensidad de una puñalada semejante a las que regalaste y recibiste anoche y vomitas súbitamente tu espíritu envuelto en sangre, lo que impulsa aún más a tus pies, y los hechiza, brindándoles un halo de furor.
Una ráfaga de viento penetra en ti, baila por tus vasos sanguíneos y da rienda suelta a aquello que habita en ti desde que crees tener memoria propia (y sólo lo crees porque eres consciente de la inmensidad de cosas que te inducen a pensar) y lo hace volar, fluir, fundirse con el viento, no parar de gritar; explotar.
De pronto te das cuenta de que, en contraste con la casi vacuidad del interior de tus bolsillos (a excepción de las llaves, mechero, mariposa y un inservible móvil del que sale una voz que entona algo así como 'no hay prisa cuando sale el sol'), su exterior está repleto de yeso; otra de las cosas que ni entiendes ni te intrigan lo suficiente como para detener tu cauce.
Alzas la mirada y te deleitas con la majestuosidad del desplegar las alas del ave que se dispone a surcar el cielo, a viajar sin límite ni rumbo ninguno. Otro pinchazo, más sangre, y un hueco que en teoría albergó veintiún gramos en alguna ocasión.
Vas enredando poco a poco las hebras de tu pensamiento hasta que te das de bruces con la puerta de lo que mal llamas tu 'hogar'. Llaves, puerta, camino, llaves, puerta, intento de silencio y las infinitas escaleras. Subes, escalas, reptas y tras inefables esfuerzos llegas a la cumbre, al ático, a tu refugio. Descorres la cortina y tu mente se queda muda frente a la vista de aquello que llevabas tanto tiempo esperando; TU CAMA. No te da tiempo a ir hacia ella, a verte abrazado por su familiaridad tras otra noche absolutamente destructiva más que añadir a la inmensa lista de ellas, porque, algo suena dentro de ti, algo se prende.
La dulce agonía llega a su fin.
Neckkface
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